02/10/2015
El programa Tu otra sombra de esta semana os trae el siguiente contenido:
* Relato del terror: "La pajita más corta", escrito por José Manuel Durán.
* Noticias de la Red y cosas curiosas del misterio.
* Codex más allá del misterio. Hoy escucharemos las aventuras de nuestros compañero adentrándose en un antiguo búnker.
* La Atlántida. La civilización perdida de la Atlántida, casos OVNIs y otras cuestiones serán los temas que hablaremos con el entrevistado de esta noche, Eugenio Moreno Carmelo.
* Cuando miro a las estrellas... Mi reflexión sobre: "Hacer favores no siempre es bueno"
Podéis descargarlo en Ivoox o escucharlo aquí, en la Sección Tu otra sombra
Hacer favores no siempre es bueno
Qué gran verdad es que a los que solemos hacer favores, también nos suelen pasar cosas que nos dejan contrariados. En ocasiones, o en muchas ocasiones, nos acostumbramos a convivir con alguien y en nuestro día a día vamos adaptándonos a la rutina. Solemos ayudar en lo que podemos e incluso tenemos predisposición para adelantarnos a las necesidades de esa persona y prepararle el terreno.
Y todo ello es un misterio, porque misteriosa es la mente humana. Y ¿sabéis qué es lo malo de hacer este tipo de favores?. Pues que se convierte en costumbre, y cuando no podemos realizarlo o no lo hacemos por otras causas, se nos echan encima y terminamos siendo los malos de la película. Es así, y esa verdad nos hace plantearnos si en verdad es bueno hacer favores o no. La costumbre es lo malo, y el favor es la virtud. Y como siempre, nuestra perspectiva y nuestros valores son los que interpretan las cosas según seamos.
Entre favor y favor, también existen momentos para la distensión. Y a manera de broma que no viene al caso contar porque viene del hombre que tengo ahora mismo al otro lado del cristal, también vienen propuestas para que hable de temas que aparentemente no tienen nada que ver con el misterio. Pero lo hay… Hablar del misterio de la duración del coito, por ejemplo.
No soy sexólogo, pero cosas curiosas hay, por ejemplo el miedo a no recuperar la corporeidad después del clímax, es definido por un médico austriaco, de forma harto contradictoria, como la “angustia orgásmica “en una clara alusión a la sensación de extinción del yo que a veces se produce tras un potente orgasmo sostenido. Hubo un tiempo en que la pérdida de conciencia tras un fuerte orgasmo se asociaba con una variante de la epilepsia por las contracciones tan violentas y espasmos posteriores que la mujer experimentaba.
Incluso Freud acuñó un concepto llamado La petit mort, que gustaba de relacionar en una extraña asociación entre el placer y la muerte. Y como también me comentan, no creo que venga la Policía viene a precintar
Pero no me desvío más del tema, y sigo con los favores. Los que se hacen, los que no se hacen, los que recibimos o los que dejamos de recibir. Está claro que si lo piden, hay que pensarse muy bien si se puede o no hacer. Pero si sale de nosotros, hay que tener también muy claro que tal vez no se reciba como tal, Y el favor regalado se convierta en reproche. A fin de cuentas, hacer favores no siempre es bueno.
LA PAJITA MÁS CORTA

Su garganta profirió terribles alaridos y su cuerpo se agitó como el de una
posesa tratando de zafarse del asedio al que se vio sometida. Los muertos
dominaban la ciudad. Era el comienzo del Fin de los Días.
Los cadáveres habían sembrado el caos y el olor a muerte en avanzado estado
de descomposición abusó de la atmósfera de tal manera que la convirtió en
algo irrespirable.
La mujer era muy hermosa. Pelo largo. Largas piernas y buenas tetas. Unos
ojos azules como el cielo, una boca sensual y un culito redondo y prieto. Por
esa mujer muchos hombres serían infieles a sus esposas, incluso matarían
por una noche de loca pasión entre sus brazos. Sin embargo, hoy, ahora, ninguno
de los que observaban la lucha que mantenía con los zombies movió un solo dedo
para ayudarla. La mayoría ni tan siquiera parpadeó. Muchos dejaron de mirar
para no sentirse culpables.
La mujer sintió el primer mordisco y vio la cara de un muerto que se
retiraba con un trozo de carne en la boca. Después llegaron los siguientes mordiscos
y con ellos los gritos que profería su garganta. Gritos de auxilio. Gritos que
suplicaban ayuda. Gritos baldíos. Hasta que su garganta se rompió y de
improviso enmudeció.
Los muertos entraron en el coche. Arrancaron las puertas, que sonaron como
el lamento de monstruos infernales. Los zombies aullaron excitados al ver que
la principal frontera que impedía morder y masticar a la tía buena del interior
del hierro con ruedas quedaba atrás.
Estaba indefensa, pese al hacha que llevaba en la mano y que agitaba cada
vez con menos fuerza. No era peligrosa, pese a las patadas que propinaba con la
punta de acero de sus botas de cuero. Era sólo una tía y ellos muchos muertos,
vivos por el hambre que sentían.
La observaron. La miraban con ojos inertes y cristalinos y babeaban porque
parecía muy sabrosa y se la querían comer de la cabeza a los pies. Uno de
los muertos alargó las manos y la manoseó. Pechos duros y turgentes. Y esos
pezones que se marcaban en la camiseta blanca con atractivas manchas de sangre
parecían pequeñas cerezas a las que hincarles el diente.
Le quitaron las botas. Los calcetines y los vaqueros. La dejaron con sus
braguitas. Casi desnuda, aún trataba de zafarse del ataque mortal de los
muertos y cuando ya no pudo más y se rindió, notó que unas manos putrefactas le
desgarraban la camiseta y sus pechos, ahora libres, saltaron alegres para
enfrentarse a la pandilla de repugnantes muertos vivientes que abrieron sus
bocas y movieron sus lenguas para degustarla. Se la comieron mientras
luchaba, como una heroína de película.
No dejaron nada. Hubo quien se llevó sus costillas, otros el brazo o las
piernas. Entraron en su cuerpo a través de las heridas que había sufrido y le
desgarraron el interior. Hígado, corazón y pulmones quedaron en las manos de
los cadáveres, como trofeos efímeros que más temprano que tarde acabarían
bajando por sus gargantas muertas. Los intestinos, como cuerpos atrofiados de
venenosas serpientes, eran arrastrados por un grupo de zombies que se alejaban
con paso torpe, buscando una esquina poco frecuentada para disfrutar de tan
exquisito manjar.
Separaron su cabeza del cuerpo. Se bebieron sus ojos. Le arrancaron la
lengua y aplastaron su nariz. Se llevaron las orejas. Dejaron su largo
pelo en el suelo, como un felpudo cubierto por la sangre y la masa gris
de un cerebro que ya estaba siendo masticado por los más espabilados del grupo
de muertos vivientes.
La tía estaba muy buena. De eso podían dar fe los que se la estaban
comiendo…
…y el grupo de hombres que habían estado con ella en el sótano del que se
había marchado.
Ahora, los cinco hombretones lamentaban la decisión que habían
tomado. Era evidente que se habían equivocado. La hazaña era una completa
locura, algo imposible de realizar. Escapar en el coche que había aparcado en
la calle de enfrente y deambular por las calles de la ciudad, sorteando el
inconmensurable ejército de muertos para llegar a la gasolinera y coger unas
botellas de agua, cigarrillos, patatitas fritas, algunas chocolatinas, leche y
todo lo que pudiera servir para pasar el cautiverio lo mejor posible, de ahí
que también pusieran en la lista una caja de preservativos.
Quién debía realizar la proeza, quién sería el héroe, era algo que
decidiría la suerte. Ninguno de los presentes era lo bastante valiente como
para levantar la mano y ofrecerse voluntario. Cuando la pajita más corta le
tocó a ella, ninguno de los presentes se reconoció lo bastante hombre como para
ponerse en su lugar. Y la tía buena que los volvía a todos locos, que los
tenía empalmados a todas horas…
…se marchó.
Se quedaron allí solos y cuando escucharon los gritos de la muchacha y el
sonido de los muertos al irrumpir violentamente en el coche permanecieron
quietos, lamentando la muerte de la chica pero no porque les importara en
realidad sino porque hubieran preferido que otro habría ido en su lugar y
seguir teniéndola allí cerca, para mirarla, jugando con la posibilidad de
consolarla en las noches frías de un Apocalipsis de ultratumba.
Pero se marchó ella. La de las tetas grandes. La de la mirada dulce y
boca sensual. Esa que los habría hecho gozar uno a uno…
…pero a ella le tocó la pajita más corta, la obligación de salir al
exterior en busca de víveres. Y se quedaron todos los machos alfa ocultos en su
escondrijo, como cobardes babosas.
Claro que ella tuvo problemas. El horror había llegado a la ciudad. Los
zombies rodeaban las calles y no pudo seguir mucho tiempo en el coche.
La detuvieron.
La cercaron.
Entraron.
Y ella se defendió como una amazona. Y logró salir airosa, con varios
rasguños, con algunos mordiscos, pero salió. En mitad de la calle, con un hacha
de mano como arma, gritó como una endemoniada con la seguridad de que los
capullos que había dejado atrás la estaban escuchando Se imaginarían que perecería
bajo las mandíbulas podridas de los jodidos muertos y no contaba con que uno sólo
de ellos acudiera en su ayuda. No necesitaba a aquellos hombres. Se podía valer
por sí misma. Y así lo demostró.
Ellos, y los idiotas que miraban desde sus casas encerrados como orugas,
creerían que se la comerían, que le destrozarían el cuerpo y fantasearían con
sus curvas mientras cerraban los ojos y se tocaban la polla.
Sobrevivió. A duras penas, la verdad sea dicha.
Dejó un buen número de cadáveres esparcidos por el suelo. No se movía ni
uno. Miembros amputados, cabezas que rodaban por el suelo, sangre por todas
partes. Destrucción al más puro estilo Viernes 13.
Notó la mirada de un buen puñado de curiosos que se asomaban a las
ventanas de sus casas, esa misma gente que no había movido un solo dedo por
ayudarla y que ahora la llamaban para que formara parte de su grupo.
Necesitaban a una chica cañón entre sus paredes, una chica espectacular que
encima supiera luchar. Ni los miró. Caminó entre las calles, alejándose de una
ciudad ya muerta donde sólo quedaban pusilánimes. Los zombies se
apartaban a su paso y el sonido de los tacones de sus botas al golpear el
pavimento se parecía al de una amplia carcajada que marcaba el compás al
que se movían sus nalgas, unas nalgas cubiertas por unos pantalones
vaqueros ajustados y manchados de sangre.